Cambio climático en Chile Central: Una mirada a largo plazo

Por: Antonio Maldonado (Biólogo, Paleoclimatólogo)
Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas

El cambio climático y sus impactos en el paisaje y la sociedad son algo que  vemos cada vez con mayor claridad y desde diferentes aspectos. Escasez hídrica en algunos sectores, eventos extremos de precipitaciones, grandes incendios en épocas de sequías, necesidad de mejores tecnologías para la agricultura, son algunos de los ejemplos más evidentes tanto en el centro como en el norte de Chile. Sin embargo, ¿cuánto de esto ya ha vivido el planeta y particularmente Chile en el pasado?. El registro fósil nos ha mostrado que el planeta y la humanidad han presenciado desde siempre cambios climáticos. Los grupos humanos de cazadores recolectores que han habitado el territorio nacional por más de 12.000 años, también se han visto inmersos en procesos de cambios ambientales, lo cual los ha llevado a cambiar sus conductas, desarrollar nuevas tecnologías y, en casos extremos, abandonar ciertos lugares.

Los estudios paleoclimáticos y paleoambientales disponibles para Chile Central,, a través de las reconstrucciones del clima y el ambiente del pasado muestran que, durante el Holoceno (últimos 11.500 años), ha habido períodos de mayor aridez que el actual. Principalmente, estos períodos se han registrado en el Holoceno temprano y medio (hasta hace al menos, unos 4.000 años). Además, existen algunos registros que muestran estos cambios, como estudios de depósitos de sedimentos en la cordillera de Chile Central y Norte Chico, registros de los bosques pantanosos en la costa de la provincia del Choapa y el estudio de sedimentos en la Laguna de Aculeo, al sur de Santiago.

Utilizando registros de partículas de carbón en sedimentos de lagos de la cordillera (las cuales son indicadoras de frecuencia de incendios), se ha inferido que los incendios de mayor magnitud ocurrieron en el Holoceno temprano y medio en períodos de importantes aumentos de aridez, posiblemente facilitados por una ambiente seco y cálido. Por otra parte, en la costa de la región de Coquimbo, estudios en sedimentos de bosques pantanosos muestran que los registros de partículas de carbón aumentan en cantidad y magnitud durante los últimos 3.000 años, en coincidencia con un aumento demográfico importante en la población humana. 

Los estudios de polen, como indicadores de cambios en la vegetación, en estos mismos sedimentos, han mostrado que estos bosques se secaron y desaparecieron durante la fase más árida del Holoceno medio, situación que está comenzando a repetirse hoy en día en algunos de estos bosques. De la misma manera, el registro de Laguna Aculeo muestra una fase de playa lacustre, es decir, posee sedimentos que indican que la laguna estuvo al borde de secarse durante el Holoceno temprano, de igual manera como se ha visto durante el último período.

Figura 1. Testigo de sedimentos extraído en la Laguna de Acueleo, al sur de Santiago

La extracción de agua de las napas freáticas, entre otros factores, tanto antrópicos como naturales, ha llevado a replicar situaciones en el paisaje y los recursos naturales casi tan extremas como las ocurridas durante la fase más árida de los últimos 11.500 años.

Estos efectos en el paisaje y en los recursos naturales en el pasado afectaron a los grupos humanos, los cuales cambiaron sus estrategias de subsistencia y movilidad para enfrentar estas situaciones adversas. En la costa del Norte Chico, los grupos de cazadores-recolectores pasaron por una serie de cambios en las estrategias de obtención de recursos y ocupación del espacio, complementando el uso de los valles interiores y zonas cordilleranas durante los períodos más adversos.

Una situación aún más extrema es la que se ha documentado en la Pampa del Tamarugal, en el Norte Grande. Dicho lugar fue ocupado inicialmente por cazadores recolectores en momentos de mayores precipitaciones que las actuales. Posteriormente, durante el Holoceno temprano y medio la pampa fue desocupada y solo en el Holoceno tardío (hace no más de 4.000 años) se reocupó, de manera más intensiva, con extensos campos de cultivos. Pese a que la disponibilidad hídrica era menor que en el primer período de ocupación, los avances tecnológicos permitieron un uso habitual e intensivo del lugar. Posteriormente, con la disminución de precipitaciones, la pampa deja de ser un lugar ocupado de manera habitual. Solo en épocas históricas con nuevos avances tecnológicos ha sido ocupada nuevamente; por ejemplo, en la época del salitre y en la actualidad. Sin embargo, esta última ocupación, en conjunto a los avances tecnológicos, lleva al uso de recursos naturales no renovables, tal como lo son las aguas de napas freáticas, cuyas últimas recargas importantes ocurrieron a finales del Pleistoceno (~11.000-25.000 años atrás). Algo similar ocurrió con el uso de madera antigua (sub-fósil), de esa misma época, que posteriormente quedó enterrada en la pampa y fue explotada en la época del salitre.

Los cambios en el paisaje que estamos viendo hoy, son un efecto combinado de los cambios en el clima y el uso excesivo de los recursos naturales, por lo que no son totalmente equivalentes a los descritos para el pasado. Sin embargo, esta comparación nos muestra hacia dónde podemos llevar al ambiente, en caso de mantenerse las actuales tendencias de cambio climático y uso de recursos. De ser así, es necesario prepararnos y, sobre todo, repensar nuestra relación con el medio natural. Ante cambios climáticos desfavorables, los grupos humanos del pasado reorganizaron el uso del espacio y los recursos, ampliando rangos de ocupación, abandonado lugares y ocupando otros lugares, incorporando tecnologías y estrategias de adaptación a los cambios en el ambiente.

Figura 2. Aldea arqueológica en la pampa del Tamarugal.

Pero, ¿cuánto de esto podemos hacer en la actualidad? ¿Estamos dispuestos a desplazar ciudades, por ejemplo? ¿Cuánto realmente necesitamos explotar? ¿Cuánto es necesario conservar? ¿Con cuánto podemos vivir? ¿Necesitamos pensar y mirar nuestra relación con el medio natural de una manera distinta o confiaremos en que el avance tecnológico siempre nos va a permitir mantener nuestro modo de relación con la naturaleza?

En el presente, las estrategias deben ir por otra vía, posiblemente asociadas a mayor desarrollo de tecnologías, pero también hacia un cambio de mentalidad, hacia una sociedad que integre el sistema natural como engranaje central de los procesos productivos y sociales, al cual hay que cuidar y comprender para no sobrepasar su capacidad de carga.

En este sentido, tal vez debemos aprender más de la cosmovisión de los pueblos originarios, en los cuales, la relación con la naturaleza es distinta. La naturaleza es entendida como un ser vivo que entrega recursos, pero también al que hay que cuidar y proteger.

Por último, esta visión sobre el cambio climático en el pasado, incluyendo también la relación de las sociedades con el medio ambientea través de la historia paleoclimática y arqueológica, podría permitirnos obtener lecciones para pensar y entender el proceso que estamos viviendo en la actualidad, con miras a un futuro que genere armonía entre la naturaleza y la sociedad.