COLUMNA DE OPINIÓN

Cultura sísmica en Chile: un legado valioso con aires de petulancia.

 Por: Tamara Aránguiz – PhD Student Earth and Space Sciences, University of Washington

 

América Latina es sinónimo de resiliencia y Chile su hijo pródigo. Un extenso territorio y diversas comunidades a lo largo de la historia han tenido que recuperarse y aprender luego de cada catástrofe natural (y socio-política), creando una memoria colectiva que nos caracteriza mundialmente cuando de terremotos se trata.

 Esta cultura sísmica en la que los chilenos estamos inmersos no proviene del solo hecho de habitar una zona de subducción) en otras palabras, un territorio donde la placa oceánica se hunde bajo la placa continental); pero me atrevo a decir que tampoco proviene desde el conocimiento que entrega el desarrollo geocientífico.

 Llevo cerca de 9 meses viviendo en el Noroeste del océano Pacífico, en el Estado de Washington, Estados Unidos. Una zona de subducción, tal como la que tenemos en Chile. Específicamente estoy asentada en Seattle, una ciudad muy atractiva para los exploradores y amantes de la naturaleza, porque como les resultará familiar, esta tectónica trae consigo montañas y altas pendientes, volcanes activos, lagos glaciares y mar. Aquí, las “Olympic Mountains”, al oeste, serían algo como la Cordillera de la Costa chilena, mientras que las “Cascades”, al este, serían el símil de nuestros Andes.

Izquierda: Bellevue, ciudad anexa a Seattle, y al fondo Las Cascades (Ellen M. Banner/The Seattle Times). Derecha: Santiago y al fondo Los Andes.

Así como estos patrones geomorfológicos se repiten, una abismal diferencia aparece entre Chile y el Pacific North West. Esta última zona no ha generado terremotos perceptibles en muchos años, muy diferente a lo que ocurre en Chile a diario. Solamente se escucha hablar a la gente de uno de los grandes y recientes terremotos, el del año 2001 en Nisqually, de magnitud moderada (6.8 Mw). Fue profundo y sin réplicas. Ocurrió en una época donde la industria tech aún no había aumentado la población del área. Esto nos dice que son muy pocos residentes los que realmente recuerdan esos eventos, ya que no había tantos habitantes de testigo.

En 2015 un artículo publicado en The New Yorker alertó a los habitantes de los Estados de Washington y Oregon sobre la posible ocurrencia de un evento grande llamado Really Big One, detallando la potencial catástrofe que generaría un terremoto de magnitud 9 y un posterior tsunami sobre las costas de la región. La alarma en el público general se encendió, pero también el miedo y las especulaciones. A pesar de que muchos especialistas en terremotos creen que no fue la mejor estrategia de divulgación científica, la idea de que un desastre natural pudiera ocurrir quedó en la cabeza de algunos y los kits de emergencia se comenzaron a incorporar en los hogares.

Actualmente, soy parte del área de tectónica activa en la Universidad de Washington, en donde he visto cómo abundan los avances tecnológicos, cobertura y accesibilidad de datos, sistemas de alerta temprana y más. Esto, en pos de generar la mayor cantidad de conocimiento y preparación para los estados de Washington, Oregon y el norte de California, que se encuentran en la zona de subducción de Cascadia, formando las montañas de Cascades. Sin embargo, aunque decenas de geocientistas continúen trabajando arduamente para entender esta zona de subducción, el ciudadano promedio carece completamente de cultura sísmica. Así, educar a una población sobre terremotos sin haberlos vivido, ni escuchado por generaciones, es un enorme desafío.

Por suerte, o mala suerte para algunos, en Chile los temblores son pan de cada día. No es necesario ser científico para conocerlos porque se aprende a través de la experiencia. De seguro sientes un sismo o más al mes, y tus padres o abuelos te contaron sobre algún terremoto de magnitud 8 (o incluso 9 si vivieron el del 60). Incluso, es tan rica la cultura y lenguaje sísmico en Chile, que usamos diferentes palabras asociadas a la intensidad de los terremotos. Todos los chilenos saben que un temblor no es lo mismo que un terremoto. Más aún, los terremotos son tan importantes en nuestra cultura popular, que hemos usado este concepto para nombrar a uno de nuestros más tradicionales cócteles nacionales.

 Quiero destacar que como chilenos hay mucho que podemos enseñar a otras regiones sísmicas del mundo. La alta frecuencia en ocurrencia de terremotos en nuestra Zona Central permitió que en el último siglo las normas de construcción se adaptaran de tal forma, que es posible evitar que cada terremoto que tenemos se convierta en una catástrofe. Somos resilientes, pues no nos queda otra alternativa. Las sacudidas son impredecibles y sabemos cuán destructivas pueden llegar a ser.

Es como si el temple y calma que mantenemos durante cada sismo en Chile estuviera grabado en nuestros genes. Esto discrepa de las reacciones que observamos en otras regiones del mundo que experimentan sismos con menor frecuencia, donde se observa gente huyendo asustada frente a un evento de magnitud moderada.

Nos sabemos resilientes, nos reconocemos como ejemplo de sismorresistencia y eso ha generado un exceso de confianza que puede caer en la arrogancia. Un ejemplo de ello se hizo visible luego del sismo cortical 6.4 Mw en San Juan, Argentina: en las redes sociales, muchos comentarios hacían burlesca mención a los daños y reacción de los argentinos frente a un temblorcito.

Al leer este tipo de comentarios desde muchos compatriotas, veo una extraña sensación de superioridad, que dentro del contexto en que se expresa, la llamaría ego sísmico. Sin lugar a duda, se fundamenta en la experiencia de vivir en un país sísmicamente activo. Pero en realidad, deja ver un vacío en el entendimiento sobre la sismicidad.

Desde mi posición como geocientífica, intento siempre aclarar términos técnicos básicos a mis familiares y amigos, para que puedan entender lo que ven en las noticias y que a veces pareciera difícil de procesar. Sin embargo, haciendo una breve encuesta a mis círculos sociales, luego de años repitiendo lo mismo, explicando conceptos como magnitud, profundidad, y su relación con la intensidad percibida, me doy cuenta de que aún no los tienen claros. Es más, algunos creen que no es necesario entender. Este es el caso de mi círculo personal, es decir, gente que ha tenido acceso a información; entonces ¿qué pasa con un público general?, ¿cómo acceden a las ciencias de la Tierra? Por lo general, a través de la información televisiva. Es común ver a colegas en televisión luego de que un evento importante es percibido en el país, aclarando conceptos. Y se puede ver cómo cada uno de ellos se relaciona con la percepción y daños que un evento sísmico va a generar. Pero parece que esto no es suficiente, hay algo que nos está faltando para inspirar interés en entender lo que hay detrás de cada sacudida.

Es nuestra responsabilidad como especialistas en geociencias, hacer difusión comenzando desde nuestros núcleos, pero también deberíamos como ciudadanos entender la geografía que nos rodea, y el contexto tectónico es parte de ello.

Estas palabras buscan invitarnos a pensar nuevas estrategias como geocientistas para llegar a las comunidades, pero también para cuestionar al público general sobre el conocimiento de sus raíces, de la Tierra en que viven y los procesos que los afectan. Rescatemos nuestra tradición oral e investiguemos la cosmovisión de los pueblos originarios, que, sin manejar un lenguaje técnico, habitan el territorio buscando entender y respetar los fenómenos naturales.

Valoremos nuestra sabiduría sísmica intentando incorporar simples conceptos como profundidad y las diferencias entre magnitud e intensidad. Dejemos la arrogancia inútil y utilicemos nuestra historia cargada de peligros naturales desde una perspectiva empática con los pueblos que no tienen tanta experiencia. Más aún, con otros latinoamericanos que comparten con nosotros años de catástrofes sociales y económicas de manos del imperialismo norteamericano y colonialismo europeo.

Nuestra memoria está viva y el conocimiento científico junto con la experiencia de los terremotos que seguiremos viviendo continuarán alimentando la cultura sísmica chilena y latinoamericana que habita las tierras centrales y australes del cinturón de fuego del Pacífico.