Los estudios de peligros geológicos como una herramienta para la planificación territorial informada

 Por: Rodrigo Rauld, Geólogo, Doctor en ciencias mención geología – Xterrae Geología.
         Claudia González-Muzzio. Arquitecta, Máster en ciencias del ambiente, ciencia y sociedad – Ámbito Consultores

 

Todo el territorio debiera contar con algún tipo de ordenamiento. Esto corresponde a la expresión espacial de las políticas económicas, sociales, culturales y ecológicas de la sociedad, y cuyo objetivo es un desarrollo equilibrado de las regiones y la organización física del espacio según un concepto rector determinado, de acuerdo con la Carta Europea de Ordenación del Territorio. Aunque en Chile este concepto no se utiliza de forma explícita y aún no existe una política de ordenamiento territorial en el país, se han desarrollado algunas iniciativas orientadas a la planificación territorial, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Esta se encuentra regulada por la Ley General de Urbanismo y Construcciones y su Ordenanza, que determina cómo y de qué forma se utiliza el territorio definiendo una serie de normas que rigen principalmente en las áreas urbanas. De este modo, la planificación urbana, según la define el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU), es “el proceso que se efectúa para orientar y regular el desarrollo de los centros urbanos en función de una política nacional, regional y comunal de desarrollo socio-económico”.

En Chile, más del 87% de la población vive en ciudades, de acuerdo con el Censo de 2017, por lo que la planificación urbana cobra gran relevancia por la cantidad de población expuesta a potenciales eventos peligrosos, aunque no puede ni debe, descuidarse lo que sucede en los sectores rurales.

Una planificación territorial informada, es decir, que se realice a partir del conocimiento del área a regular, su población, características y, por supuesto, sus condiciones geográficas y ambientales, debiera permitir que las decisiones se tomen en concordancia con la situación particular de cada lugar y promuevan un desarrollo sostenible, que sea cultural y territorialmente apropiado. En el sentido de lo anterior, para entender como relacionarnos con el lugar en que se basa una sociedad es fundamental conocer la geología y los procesos geológicos que ocurren en el mismo.

Lamentablemente, ya sea por la burocracia, los tiempos o los costos que los procesos de planificación implican, en muchas ocasiones las acciones de planificación se realizan en forma tardía, una vez que la población ya se ha asentado en lugares que pueden ser afectados por desastres. O bien, como sucede en las denominadas “zonas de sacrificio”, el desarrollo resulta desequilibrado, cargando sobre alguna fracción de la sociedad las externalidades de determinadas actividades que, aunque necesarias, son de alto impacto en términos ambientales y sociales.

Registro del espesor del depósito de barro resultante de aluviones de Atacama del año 2015, sector Bandurrias en Copiapó. Muestra los efectos que pueden producirse como consecuencia de la ocupación de un área sin conocimiento de las dinámicas que ocurren en éste (Fotografía de los autores).

El conocimiento previo de las condiciones del territorio que podría ocuparse permitiría, entre otras cosas, decisiones más eficientes en términos de la definición de redes de transporte; actividades y usos como vivienda, comercio y equipamientos como colegios, establecimientos de salud o deportes, industria, áreas verdes, etcétera; áreas de protección debido a su valor ambiental; o bien la definición de áreas de restricción por presentar peligro para la ocupación urbana.

Por otro lado, por medio de una planificación territorial informada, es posible identificar escenarios frente a potenciales desastres —como terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, sequías o incluso pandemias—, determinar las áreas que pueden verse potencialmente afectadas si una o más de esas amenazas se activa; determinar cuánta y cómo es la población que se encuentra en riesgo, etcétera. Esto con el fin de orientar una adecuada preparación y respuesta en caso necesario; por ejemplo, mediante la definición de áreas seguras y de las vías de evacuación, el establecimiento de sistemas de alerta temprana, la ubicación de los equipamientos esenciales fuera de las zonas expuestas, la localización y distribución que debieran tener los albergues, entre otros temas que las autoridades locales y nacionales debieran considerar.

En un país como el nuestro, expuesto a múltiples amenazas geológicas e hidrometeorológicas (relacionadas con las precipitaciones o ausencia de ellas, las temperaturas y otros aspectos climáticos), que además cumple con siete de los nueve criterios de vulnerabilidad frente al cambio climático que identificó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, esto es aún más relevante, pues posiblemente no exista un área en el país completamente segura.

Conocer los procesos que afectan a una localidad permite tomar decisiones informadas respecto a las actividades y usos de suelo que pueden darse en esta. En la figura se ve una serie de procesos geológicos que pueden afectar al área que se va a planificar

Conocer dónde vivimos y las amenazas a las que estamos expuestos es tan importante como saber cuáles son nuestras vulnerabilidades, es decir, cómo las diversas amenazas nos afectarían, pero también las capacidades con las que contamos para hacer frente a estas. Y, en este sentido, las decisiones de planificación también deben orientarse a mejorar estas capacidades y a disminuir nuestras vulnerabilidades.

Planificar el territorio de manera informada no solo es deseable, sino también es obligatorio, dado que nuestro país es signatario de numerosos convenios internacionales orientados a lograr un desarrollo sostenible, todos con metas al 2030.

Uno de estos acuerdos es la Agenda 2030, que considera 17 objetivos para un desarrollo sostenible. Entre estos destacan el Nº11 “lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”, y el Nº13 “Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos”.

Otro convenio relevante es el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres, que considera entre sus prioridades comprender el riesgo de desastres (es decir, conocer amenazas, vulnerabilidades y capacidades) e invertir en la reducción del riesgo de desastres para la resiliencia, por medio, entre otras herramientas, de la incorporación de las evaluaciones del riesgo de desastres en la elaboración y aplicación de políticas territoriales, incluidas la planificación urbana, las evaluaciones de la degradación de las tierras y las viviendas informales y no permanentes, y el uso de directrices y herramientas de seguimiento basadas en los cambios demográficos y ambientales previstos.

Los dos convenios anteriores se relacionan entre sí y con el Acuerdo de París, que define objetivos y metas concretas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y promueve acciones de adaptación a los efectos del cambio climático, cuestión sumamente relevante en los territorios urbanos, pues estos concentran a la población y, al mismo tiempo, son responsables de alrededor del 70% del total de las emisiones de GEI.

Ejemplo de un mapa geológico, en este caso, alrededor del volcán Calbuco. En este mapa se pueden distinguir los diversos materiales que conforman las unidades geológicas del área. Cada unidad entrega información del proceso que la generó.

Debido a lo anterior, la planificación territorial no solamente debe considerar aquellos lugares que aún no han sido ocupados, si no también aquellos lugares que estando actualmente ocupados deben actualizar sus orientaciones de planificación para considerar los cambios en las condiciones naturales del territorio al momento de ser ocupado. Problemáticas actuales como el aumento del nivel del mar o eventos de intensas precipitaciones que generan crecidas rápidas de gran magnitud (como los eventos ocurridos en la región de Atacama los años 2015 y 2017), ejemplifican procesos que afectan áreas urbanas ya consolidadas e instaladas en condiciones distintas a las actuales y que, por lo tanto, deben considerar en su planificación acciones de mitigación y adaptación frente a estos procesos.

No planificar, o hacerlo sin la información necesaria, implica sin dudas que más personas, bienes y actividades económicas serán vulnerables a los efectos del cambio climático y a la ocurrencia de otros desastres. Lo anterior aumenta las inequidades sociales y económicas debido a que los desastres no afectan a todos por igual, como ha sido evidente durante la pandemia por la COVID-19.

Si bien los instrumentos de planificación territorial con los que contamos actualmente son limitados en su alcance y efecto, es necesario considerar otros que son complementarios y pueden ser aplicados a los distintos niveles territoriales, como los planes comunales o regionales para la reducción del riesgo de desastres que ha ido promoviendo la Oficina Nacional de Emergencia (ONEMI). Estos, si bien actualmente no son obligatorios por ley, son sumamente necesarios para una planificación integrada del territorio. Ellos también requieren de información sobre los riesgos presentes y su elaboración e implementación constituyen una oportunidad para planificar de manera prospectiva y no reactiva.

En el ámbito del conocimiento de los riesgos, evidentemente las amenazas juegan un papel fundamental. Y, particularmente, respecto a las amenazas geológicas, los geocientistas pueden entregar información valiosa y útil para apoyar en la planificación del territorio porque permite integrar en la planificación las variaciones futuras de las condiciones territoriales y, a la vez, poder considerar aquellos fenómenos que son más frecuentes y de menor magnitud (las crecidas menores de los ríos) como también aquellos fenómenos que son de mayor magnitud y poco frecuentes como, por ejemplo, el terremoto de 1960.

El trabajo interdisciplinario en este ámbito es relevante, pues no se trata solo de saber dónde y cómo son las amenazas, sino cómo y a quiénes puede afectar, y qué medidas se puede tomar para reducir los riesgos mediante la planificación, de forma tal que las distintas disciplinas puedan alimentarse con la experiencia de otras para tener una mejor y más adecuada perspectiva de las variables del territorio que afectan a la sociedad y, por otro lado, cómo la sociedad afecta y modifica el territorio que ocupa y su medio ambiente.

A partir de lo señalado, una temática que debiese tener gran incidencia en la toma de decisiones de planificación territorial es el análisis de los peligros de origen geológico que se presentan en distintas partes del territorio y tienen características muy variadas que normalmente son dependientes de las condiciones locales. Estos peligros pueden tener su origen en procesos internos (como terremotos o volcanes) o externos de la Tierra (como inundaciones o aluviones). Estos fenómenos pueden clasificarse también a partir del alcance territorial de sus efectos. Por ejemplo, los terremotos de subducción son de escala regional, mientras que también existen peligros geológicos con efectos locales, como pueden ser las caídas de rocas. Otra forma de clasificarlos es de acuerdo con si son peligros rápidos como, nuevamente, las caídas de rocas, o de desarrollo lento, como los que son consecuencia del aumento del nivel del mar resultante de la crisis climática.

Otra forma de diferenciar los peligros es tomando en consideración la frecuencia con que éstos ocurren. Por ejemplo y volviendo al caso, las caídas de bloques pueden ser eventos frecuentes en ciertos taludes de carretera, mientras que, por otro lado, existen peligros que son menos frecuentes pero que igualmente deberían ser contemplados por la planificación, como aquellos asociados a terremotos en fallas superficiales activas que pueden ocurrir cada miles de años. Si bien estos peligros son de baja frecuencia, al momento de ocurrir pueden ocasionar desastres de grandes proporciones si no se tienen en cuenta.

Determinar cuáles son los factores condicionantes de los peligros presentes en el medio ambiente físico de un territorio es, en gran parte, aporte de los geocientistas. Con su trabajo se pueden identificar los diversos materiales que lo componen, los procesos que lo afectan, y las evidencias y magnitudes de eventos pasados que han afectado el lugar que se estudia. De esta forma, es posible identificar cuáles son las áreas dentro del territorio de planificación que pueden ser afectadas por eventos futuros y cuál sería la probabilidad de ocurrencia de eventos de ciertas magnitudes.

Además de lo anterior, conocer cuáles son las condiciones del territorio a un nivel de base, es decir, en un momento determinado, permite definir valores comparativos útiles para el monitoreo del medio que pueden permitir levantar la alarma preventiva sobre la ocurrencia de fenómenos peligrosos, definiendo también valores umbrales que nos indican cuándo cierto proceso puede generar consecuencias negativas. Por ejemplo, valores de caudales asociados a una intensidad de precipitación permitirían anticiparse a la ocurrencia de eventos que afecten sectores previamente identificados del territorio como susceptibles a inundarse. Para lo anterior es necesario conocer la historia de los fenómenos que han ocurrido en un área, a partir de un catastro, y monitorear adecuadamente las condiciones relevantes a la escala de dicha área.

La información anterior también permite definir o aportar en la elaboración de planes de emergencia específicos, considerando evacuaciones preventivas, ajustar los criterios de planificación y también informar periódicamente a las comunidades de la posibilidad de ocurrencia de ciertos eventos antes de que ocurran.

Todo lo anterior debe, por cierto, ser alimentado también desde las experiencias de la propia comunidad. Muchas veces quienes viven en los distintos territorios proveen a los profesionales información muy valiosa sobre amenazas a nivel local, y así también, a veces el conocimiento tradicional provee soluciones o maneras de abordar el riesgo que pueden aportar a su efectiva reducción.

Involucrar a las comunidades expuestas a amenazas es relevante en muchos sentidos, aunque quisiéramos destacar particularmente que es responsabilidad de todas las personas conocer el territorio donde habitamos y, por tanto, saber cuáles son las amenazas que pueden afectarnos. Por otro lado, las comunidades expuestas a peligros no deben ser vistas como víctimas de un potencial desastre, sino que deben jugar un rol en la reducción del riesgo y en la preparación ante la ocurrencia de eventos adversos. Por lo mismo, cuando la información es también entregada a la comunidad de manera efectiva se genera un mayor conocimiento del territorio y sus dinámicas, lo que permite que las decisiones de planificación sean más consensuadas entre los tomadores de decisión y el resto de la sociedad.

Ejemplo de un mapa de susceptibilidad de lahares confeccionado a partir de la información que entrega el mapa geológico. Se puede ver que los criterios de determinación de los diversos niveles de susceptibilidad están dados por una relación entre las unidades geológicas y la geomorfología del área

Es particularmente importante integrar en la educación formal e informal desde edades tempranas el conocimiento del territorio, para que las personas integren en su desarrollo la apreciación de los procesos y características del medio en que se desenvuelven, haciéndose así parte y también más partícipes respecto del lugar en que viven, siendo más conscientes de los efectos y sus las interacciones con el territorio, desarrollando un mayor sentido de pertenencia al sitio donde habitan.

Que tanto las comunidades como las autoridades estén bien informadas sobre los riesgos presentes en los territorios permite una mayor sinergia en la planificación territorial y, en el largo plazo, disminuye potenciales conflictos sociales respecto de la toma de decisiones, ya que los motivos que llevan a tomarlas son conocidos por todas las personas.

Como conclusión, conocer el territorio con sus características geológicas, geomorfológicas y ambientales, entre otras, permite contar con información esencial para que la toma de decisiones de planificación territorial sea eficientes y sustentables. Considerando que una parte importante del conocimiento del medio físico en que se desarrolla la sociedad proviene directamente de los estudios geológicos y de riesgos, se confirma que son una herramienta vital para determinar aquellos lugares en el territorio que están más expuestos a ser afectados por peligros que pueden tener consecuencias negativas para las personas, las actividades y la infraestructura, y el uso de éstos permite tomar decisiones informadas para disminuir sus potenciales impactos.